Diario de a bordo: Vacuna Terror

Estimado Capitán:

Hoy he vuelto a llegar tarde al trabajo por ejercer de buen padre. Cosas que pasan. Y es que mis hijos, los lechones, se hacen mayores y hoy les tocaba vacuna. La tetravírica le llaman. Hasta ahora era solo un combinado de tres, pero ahora la han sumado un cuarto bicho. Una orgía de virus cohabitando en una jeringuilla. Para que después digan que los donuts tienen mierda.

Pues la tetravírica solo Cristo Redentor sabe lo que puede haber flotando en esos botecitos. Pero bueno, se supone que es para bien. Así que allí fuimos los tres a ver a nuestra pediatra preferida.

Ellos ya se olían la tostada desde el principio que no son tontos. Pequeños sí. Tontos no. Además están en esa edad en la que mienten con desfachatez y simpatía, como un concejal primerizo. Lo hacen tan mal que no cuela, pero la mentira, Capitán hay que atajarla como la gangrena, cuanto antes mejor; por eso me dolió sobremanera tener que emplear su misma medicina.

—Pincha no, papá—dijo Antón cariacontecido.

—Claro, que no hijo—primera mentira—. Tú tranquilo que no pasa nada—Dos mentiras en una frase. Ni Adolfo Suárez Illana podría superarlo.

Entramos en la consulta y ellos saludan con la prudencia y el tiento del que sabe que algo mal. Pesan a Antón. 17 kilos. Lo miden. 1,04. Le toman la tensión y después lo bajo de la camilla. Él, iluso y feliz, cree que todo ha terminado y así se lo comunica a Tomás que lleva todo el rato mirándolo, con los ojos abiertos sin perder detalle. Como su madre cuando sale Jon Nieve en la tele.

—Ya está Tomás. No pasa nada—anuncia Antón.

Y un huevo, pienso yo.

Tomás repite la operación y hay están los dos, tranquilos y felices. Y yo pienso que algo parecido debieron sentir en el Titanic después del primer golpecito.

El ayudante saca una jeringuilla y empiezan los llantos. Se ponen rojos y se les hincha la vena. Aquello parece un bis del Cigala. El enfermero pincha a Antón y entonces ya se desata la locura de las masas. Tomás, aterrorizado, dice que a él mejor que no, y unos lagrimones tamaño pistacho le caen por las mejillas. Le pinchan. Y grita. Ahora gritan los dos. Qué relax. Venga tranquilos. Siguen gritando. Les veo las campanillas. No pasa nada. Sois unos campeones. El enfermero abre un libro de pegatinas con leyendas como: Soy un valiente, Ya pasó, Vengo del médico.

—¿Quieres una?—pregunta.

—Sí—respondo.

—Hablo con el niño, señor—aclara.

—Por supuesto.

Los Mötley Crü se van relajando poco a poco. Solo queda la prueba de daltonismo. Les ponen unas gafas que le dan un aire a Mario Vaquerizo en un cine 3d y tienen que salir unas mariposas y unos cuadrados. Vamos que no es el MIR. Veredicto: No son daltónicos.

Nos fuimos con nuestras pegatinas de Soy un Valiente al colegio y a usted le puede parecer una tontería, pero para ellos es el equivalente a un Corazón Púrpura.

Saludos Capitán

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