Diario de a bordo: La hora de dormir

Los lechones tienen 3 años, 11 meses y nueve días.

Estimado Capitán:

Cuando cae la noche empieza la aventura. Los lechones se suelen quedar dormidos en nuestra cama y después los llevamos a las suyas. Que se queden dormidos no es fácil. Todos los días la misma cantinela. Cuando apagamos las luces comienzan a gritar al unísono y con desesperación:

—¡No veo, no veo!

Más que apagar las luces parece que les hemos rociado los ojos con limón. Le encendemos unas bolas de luces que instalamos en el cabecero que parecen que nuestra habitación parezca la Feria de Abril. Al final se duermen. Angelitos.

Intentamos hacerlo con cariño, como en las películas americanas, pero dentro de poco nos hará falta una excavadora para llevarlos. Cada vez pesan más y la espalda se resiente. Yo siempre intentó coger al que pesa menos, pero Ovugirl siempre me pilla, lo cual significa que estaba intentando hacer la misma jugada. El amor es así. Después de acostarlos y tras negociar con cariño vemos la serie que a ella le da la puta gana y nos quedamos dormidos.

Y ahora empieza lo bueno. Nunca amanecemos como nos acostamos.

Antón

En medio de la noche Antón se levanta y como una salamandra se desliza con sigilo en medio de los dos. Duerme con la cabeza hacia los pies de la cama. Me mete un pie en la boca. Ronca un poquito. Está atascado. Genial. Se da la vuelta. Así no hay quien duerma. Se da un cabezazo contra el cabecero. Como si nada. Sigue durmiendo. Pide agua. Ovugirl suelta algo por la boca que no puedo reproducir en este blog. Los mineros rusos hablan mejor. Antón se vuelva a dar la vuelta y acaba en el borde de la cama. Pero al borde, borde. Parece que levita. Ni Dynamo. Será el Ángel de la Guarda que hace horas extras. A veces me he despertado y me lo he encontrado dormido de pie con solo la cabeza apoyada en la cama.

Nos volvemos a quedar dormidos.

Tomás

Tomás se despierta, siempre después que Antón. Pero él no es de los que se cuela en la cama, qué va. Él se queda mirando a su madre con los ojos bien abiertos y su cojín bajo el brazo. Acojona. La observa fijamente hasta que ella abre los ojos. Todas y cada una de las noches Ovugirl se asusta. En esto es como Homer. Una vez que Tomás ha conseguido despertarla se da por satisfecho y sube a la cama sin mediar palabra. Se pega como una lapa a mi espalda. Es una estufa. Suda como un boxeador panameño. Se da la vuelta. Le arrea una patada a Ovugirl en la cara, así que ella decide irse a dormir a la cama de ellos. Después lanza el brazo que aterriza en su cara.

Y así todas las noches.

A veces pienso que Morfeo y el Ángel de la Guardia están jugando al enredos con nosotros.

—Venga te toca, tira—dice Morfeo.

—Pie derecho de Tomás en la boca de mamá—anuncia el Ángel.

—¡Qué bueno! ¡Mira qué pinta! Me toca

—Mano izquierda de Antón en los huevos de papá.

—¡Como se dobla el tío!

—¡Cabezazo de Antón en espalda de mamá!

Y así son las noches. Divertidas pero incómodas.

Saludos Capitán

2 comentarios sobre “Diario de a bordo: La hora de dormir

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